Existe una creencia profundamente arraigada en la tradición occidental que afirma que la escritura es el único medio confiable para preservar la memoria. Sin embargo, la historia de los pueblos indígenas de América presenta una perspectiva distinta que desafía esta premisa fundamental.
Durante siglos se aceptó como verdad indiscutible el aforismo latino "Verba volant, scripta manent" (las palabras vuelan, lo escrito queda). Esta frase resume una de las convicciones más profundas de la tradición occidental: solo aquello que queda fijado en el papel merece ser considerado conocimiento perdurable, mientras que lo oral representa un saber de menor categoría.
Sin embargo, la experiencia de los pueblos indígenas de América demuestra, en muchos casos, exactamente lo contrario. Fueron las voces transmitidas de generación en generación las que lograron resistir mejor la conquista, la evangelización y los intentos sistémicos de borrar culturas enteras.
La oralidad como refugio cultural
La oralidad, tantas veces considerada una forma inferior de transmisión cultural, terminó convirtiéndose en el refugio más eficaz frente a la colonización. Mientras innumerables manuscritos fueron destruidos, manipulados o reinterpretados por los conquistadores, la memoria colectiva siguió resguardando relatos, ceremonias y cosmovisiones que continuaron viajando de boca en boca durante siglos.
Dos obras fundamentales permiten comprender esa paradoja: el Pop wuj, libro sagrado de los mayas quiché, y el Ayvu rapyta, recopilación de la tradición religiosa de los mbyá-guaraní realizada por León Cadogan. Aunque pertenecen a pueblos distintos y a contextos históricos diferentes, ambas demuestran hasta qué punto la memoria oral fue capaz de preservar una herencia cultural que la escritura, en ocasiones, terminó distorsionando.
El caso del Pop wuj: una recuperación incompleta
El caso del Pop wuj resulta especialmente revelador. De los aproximadamente cincuenta códices mayas que se estima existieron antes de la conquista, apenas tres sobreviven en la actualidad, todos conservados en museos europeos. La versión que hoy se conoce fue traducida al castellano por el sacerdote dominico Francisco Jiménez, cuyo trabajo estuvo inevitablemente atravesado por la cosmovisión cristiana de la época.
A ello se sumó una dificultad menos visible, pero igualmente decisiva: el alfabeto castellano era incapaz de representar con fidelidad la riqueza fonética del idioma quiché. Los sonidos específicos de la lengua quedaban deformados en la escritura, alterando significados y matices que resultaban fundamentales para la comprensión del texto sagrado.
Tiempo después, el investigador indígena guatemalteco Adrián I. Chávez emprendió una tarea de restitución lingüística incorporando nuevos signos para reproducir sonidos ausentes en el castellano y recuperando significados que habían quedado ocultos tras siglos de traducciones. Sin embargo, su trabajo solo fue posible porque aún sobrevivían personas capaces de narrar esas historias tal como las habían aprendido de sus antepasados. La memoria oral había conservado lo que los manuscritos habían perdido.
La tradición mbyá-guaraní: continuidad en la voz
Algo semejante ocurrió con el universo espiritual de los mbyá-guaraní del Guairá. Cuando Cadogan publicó en 1946 el Ayvu rapyta, muchos creían que las antiguas creencias indígenas habían desaparecido bajo el peso de la evangelización. Sin embargo, los cantos sagrados seguían vivos en la voz de los oporaíva, los sabios encargados de transmitir el conocimiento ancestral. Años después, Carlos Martínez Gamba encontraría una continuidad de esa tradición entre las comunidades mbyá de Misiones.
Estas experiencias históricas demuestran que la transmisión oral de conocimientos, lejos de ser un mecanismo precario o inferior, constituyó un medio extraordinariamente resistente y flexible. La capacidad de la palabra hablada para adaptarse, reinterpretarse y mantenerse viva en la memoria colectiva le permitió perdurar donde la escritura fue destruida o manipulada.
La paradoja fundamental es que aquello que la tradición occidental consideraba como el conocimiento más frágil y perecedero demostró ser, en realidad, el más resiliente frente a los embates de la historia.